ALGUNAS VECES ES NECESARIO SALIR DE CASA …ejercicio de memoria para comenzar a atar historias

Alguna vez vi a una chica bastante frustrada preguntándole a Ciro Guerra (un director de cine que se encontraba hablando sobre su película “Los viajes del viento”), si era necesario recurrir a  historias que fueran colombianas, por qué hacerlo si ella no quería involucrarse con la realidad nacional. Él  logra contestarle que simplemente estaba utilizando una historia con bases universales y la estaba poniendo en escenarios  que él conocía. 

 

¿Acaso no es para eso que están las opciones? Podemos o no convocar nuestros registros culturales, hablar con ellos, acordar que sean sustento…o les decimos que no vengan, o quizás les explicamos que los vamos a usar a ratos para adaptarnos mejor a otros contextos. Las preguntas y decisiones que tomamos con respecto a la cultura están para reafirmar una posición, o prolongar una queja. Claro, un individuo puede o no entender su mundo, puede o no caer en cuenta de los mensajes que a él llegan,  tal vez logre o no desarraigar los efectos de una larga exposición mediática a una sola versión de los hechos, en resumidas cuentas, puede o no hacer muchas cosas.   Sin embargo, ¿qué tanto podemos manejar lo que somos si al cambiar de escala se abarcan los demás? Esas libertades de ser solo uno el que está decidiendo cuál es la realidad no se tienen, al fin y al cabo, ella está ahí porque la hemos creado.

Y se puede verificar ya  que sin  importar el camino histórico recorrido por los países, la crisis existencial pre, post y durante la adolescencia, parece ser la condición. Es por esto que en algunos momentos se pueden divisar algunos de ellos con cierta actitud esquizofrénica, determinando  sus  límites y su ubicación en un espectro global, diciendo:

– Soy esto, pero también aquello, y si me da la gana, soy otra cosa mañana.

Al parecer, países tratando de concretar su lucha contra el reduccionismo, alineando, controlando pensamiento ajeno y propio  – ¿Qué tal que el mundo  no sepa quiénes somos? ¿Y si no sabemos?  Sugerirle al otro que de una definición correcta y no sesgada, no es suficiente. Reconocer que al mismo tiempo lo  estás preconcibiendo, tampoco. A lo mejor los niveles de autoestima también se presentan en sustantivos como continente, país, región, cultura, etnia, entre otros.  Fuga dejada por relaciones emocionales abusivas entre  colonizador y colonizado; vacíos de  Estados- nación que  surgieron y se sostienen  bajo estados de dominio/sumisión. Países cuyas “personalidades” fueron siguiendo patrones extranjeros y crecieron con la irresolución de un ¿y ahora para dónde me dirijo? Inseguridades  no atacadas oportunamente que dan una voz, pero no  precisamente la más potente:

¡Digámosle al mundo que no somos como ellos nos ven! No somos sólo  eso, ¡Somos mucho más! (Gritó eufórico de población imaginaria).

Tendría lógica, ser colombiano implica  estar rodeado de mensajes de auto-preservación para que la desidia no extinga al país, y estar demostrando lo bello que somos sin duda una de las debilidades colombianas. Está bien, no somos los únicos, pero tener tan presentes esas expresiones nos pone en la lista de países con complejo de inferioridad por traumas históricos. Raro sería que las dudas no se manifestasen ante el fantasma de la colonización, en ocasiones suelto.

Las instituciones en su búsqueda de una identidad usualmente terminada con el apellido “nacional”, ponen sus estructuraciones dispuestas estratégicamente  para “entendernos”.  Marchan  desde la tradición,  repasando, repensando al pasado para  esbozar a la   nación, inventar memorias, y repetir que son nuestras. Pero, ¿Quiénes las deberían usar, sentir, divulgar? Sean las minorías o las mayorías, ser herederos universales es el objetivo, y cuál es la herencia,  ¿un terrenito?,  no creo. Evidentemente, se persiste en lo nacional  cimentado en la resistencia  porque  es factible que siempre se vaya a dejar algo por fuera y  alguien lo halle insatisfactorio.  Sin embargo, hay memorias llenas de susceptibilidades y desequilibrios, por lo tanto,  no hay mejoras cuando se esperan años por una indemnización por daños y perjuicios. ¡Cómo se nos olvida olvidar!  Que esta frase no se preste para malos entendidos, por supuesto, a los errores hay que señalarlos, pero a lo vivido habría que darle una mano, no simplemente repudiarlo. Aguardando disculpas se fueron los siglos y se cumplió lo que otros interesados tenían pensado: al voltear la esquina, el pasado desaparecerá sin reparos.  En esas se la ha pasado la historia colombiana, y en silencio e impunes se han ido  las equivocaciones porque ¡Cómo se nos ha olvidado recordar!

Nada extraño que en Colombia esas sean las ramificaciones de los problemas de nacimiento de un país, ya que rastreando las formas  discursivas de la nación  en los siglos  XIX y XX  todo comienza con los confundidos padres de la patria peleando por un terrenito. Queriendo soberanía en una nación completamente dividida, al margen dejaron a la mayoría poblacional para que no se le presentaran reacciones hostiles,  ¿quién dijo que con la autoridad criolla se perseguía libertad o justicia? Después,  el surgir del delirio de ser nación grande (delirio que todavía estamos pagando),  enfocada a la formación de  ciudadanos, utilizando leyes para crear sensación de comunidad, anexando al territorio y a la patria para  fortalecer vínculos. Esta noción,  que quería ser hija de la revolución, aclamando – “Liberté, égalité, fraternité,  sin el acento francés pero deseando tenerlo.

Así es como se obsesionaron con el progreso, la civilización, e indiferente era ser continente nuevo y no europeo porque el complejo de inferioridad  se reveló desde que  se les subió el estrato a las élites y justas fueron las consecuencias: desigualdad y dependencia, además de incompetencia. Pero, el arrepentimiento diría luego que habría que construir nación  recuperando aquello que se tiró al suelo. Así  es como la homogenización se concertó para crear un nosotros, por ende, se llamaron “pueblo” colombiano y con decir pueblo, el conformismo dijo: ok, puedo vivir con eso.

Revista Toma

Cada pueblo, por pequeño que sea, tiene su propio ritmo musical

Por Sergio Raúl López

Escasas décadas atrás, en la Colombia caribeña, el más útil y confiable medio de comunicación con que contaban las minúsculas e inúmeras localidades campesinas era la música, la música cantada, la música ambulante, la música campesina. Y las noticias corrían en las alforjas, en los dedos, las gargantas y la memoria de los juglares, esos sinfónicos errantes cuya versada con el acordeón ceñido al pecho esparcía las noticias de la región.

Ciro Guerra. Foto: Sergio Raúl López.

Eran mucho más, claro está, que las simples estrellas del acordeón vallenato que conoce el público mayoritario actualmente, pues más que emplear su virtuosismo para amenizar los bailes de masas desde un gran escenario, aquellos viejos maestros conocían los ritmos y palabras propicios para los casamientos, los nacimientos y los entierros, para propiciar buenas cosechas e incluso para…

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ALGUNAS VECES ES NECESARIO SALIR DE CASA …Otras no

[Bogotá]

–       Sí,  el de atrás.

El hombre se señaló a sí mismo y al repetirle la indicación se paró con su camisa larga de lino, luego le pasaron un micrófono. Alguien   había intervenido anteriormente y había indispuesto a la mitad de la sala, así que la expectativa iba creciendo. Panel al frente rogando que algo bueno saliera esta vez; invitados internacionales y  al otro tipo se le había ocurrido criticar… ¿qué era?, algo sobre los medios de comunicación, el presidente, el fascismo colombiano y otras cuantas cosas que ni al caso venían especialmente en una charla sobre danza.  Pero el hombre con su pinta étnica  empezó  bastante disgustado por nuestra falta de identidad, por  la pérdida de nuestras raíces culturales y  pidiendo además romper con modelos europeos. Si hubiera sido más efusivo, me lo hubiera imaginado bajo la estela de una tragedia griega.

–       ¡Oh! ¿Dónde?, ¿Dónde? ¿Dónde  han quedado nuestros ancestros? Allí, es allí donde cae la corriente de sangre y con ella viene nuestro padecer por tanto olvido. Oh, ¡Castigo de los dioses! Oh ¿Dónde nuestros padres celestiales podrán ser recordados por sus hijos?

Esperaba que mi cabeza recreara el movimiento visceral necesario para el clímax dramático. Sin embargo, el hombre había parado y ahora estaba entregando  el micrófono. Varios lo observamos mientras se sentaba, pero creo que sólo hubo una mirada fea y sostenida, y fue la mía.  Lo notó porque su gesto no fue precisamente cordial.  Al menos la pregunta estuvo acorde al tema y no hubo un linchamiento frente a los panelistas coreanos que a duras penas lograban seguir el enredo. Espera, espera, no tan rápido ese tono ya lo habías escuchado antes, era parte del ciclo de la vida: las cosas nacen (discursos), crecen (alguien añade más y más cosas, luego alguien concuerda con el discurso), se reproducen (alguien lo repite y generalmente, tiene alumnos) y caen a las conferencias académicas. ¿Quién soy yo para interrumpirlo? Sí, lo había escuchado cada vez que asistía a una conferencia y surgía el mismo malestar estomacal – ¿en dónde está lo colombiano, lo japonés, lo africano…?

[Medellín]

…Y salí de allí recordando un tablero completamente verde, la tiza siempre en el mismo lugar, nunca se movía, nadie la gastaba. Una profesora  que en sus apariciones ocasionales intentaba compensar,  surgiendo de ella frases como: pregúntense qué le están diciendo al mundo con esa historia. En  otro contexto  a alguien se le hubiera puesto la piel de gallina pero no en este (la falta de autoridad moral tiene esos efectos). Aquel “¿qué le está diciendo?” quedaba disuelto en el ambiente. Aún más cuando el espíritu creador argüía que esas cuestiones no le concernían, que él seguía haciendo lo suyo, ¡quién podía culparlo! ¿Por qué buscar algo que si dependiera de motivación personal no sería indagado?, ¿para qué preocuparse por preocupaciones ajenas? Pero ¿y si son tuyas y las pasaste por alto?  De nuevo el ardor en el estómago.

Las casualidades surgen y un video colgado en una página web llama tu atención y te encuentras siendo movido por una charla de una  novelista nigeriana que no conoces ni has leído antes. Chimamanda Adichie estaba haciendo algo aparentemente simple, compartiendo lo que ella llamaba “El peligro de una sola historia”. Esa que empieza cuando somos niños y por mímesis aprendemos, y posteriormente, forman esas influencias que guían nuestra “realidad”. Particularmente la razón por la que Adichie se ganó mi simpatía fue por señalar la posibilidad de tener  momentos en los que tienes que confrontar eso que has aprendido. En principio, te das cuenta que parte de lo que recreas en tu cabeza no es directamente tuyo, no puedes identificarte, no es cercano y difiere con todo lo que conoces porque estás viviendo otra cultura. Es así como el panorama se expande, o al menos ambiciona con ello:

–   … comencé a escribir sobre cosas que reconocía.  Dijo ella

Luego, alguien más te observa y saca conclusiones sobre lo que eres y ante la mala concepción (después de la risa o la indignación), se manifiesta la  pertenencia:

–       Mi compañera conocía una sola historia de África, una única historia de catástrofe; en esta única historia, no era posible que los africanos se parecieran a ella de ninguna forma, no había posibilidad de sentimiento más complejo que lástima, no había posibilidad de una conexión como iguales. Contó ella con desazón.

Sin embargo, no estás exento y tu prueba llega apenas ves al otro y cometes el mismo error que previamente te disgustaba:

Me di cuenta que había estado tan inmersa en la cobertura mediática sobre los mexicanos, que se habían convertido en una sola cosa, el inmigrante abyecto sobre los mexicanos y no podía estar más avergonzada de mí.  Dijo Adichie consternada.

Y la piel de gallina que debió generarse ante otras situaciones se queda permanente con una frase:

– Es así como creamos la historia única, mostramos a un pueblo como una cosa, una sola cosa, una y otra vez hasta que se convirtió en eso. Concluyo ella.

Ahí dejas de ver discursos, cuando a alguien se le afecta su visión del mundo, y luego notas que a todos se nos ha distorsionado. No queda sino observar cómo vienen empaquetadas todas las experiencias para notar cuán reducidas estaban. Es muy poco lo que distinguimos entre la aglomeración de historias elaboradas con cierta conveniencia; si no nos están mirando, miramos y repetimos la rutina donde el otro se vuelve más, o se vuelve menos. Lo observamos desde lo que creemos y en ello basamos su significación. Aunque no siempre se manifiesta tal comprensión y admites derrota ante la falta de perspectiva, posiblemente te atascas en un solo estado, en esa sola historia.

Miento por omisión

El tiempo pasa…

Porque decirte que mi amor se ha ido…

¿Por qué decirte que mi amor se ha ido?

Te debo, te debo no decirlo

ya que en la ingratitud se cae con facilidad,

con la tosquedad no se debe confraternizar,

y…

Culpable de esto y aquello,

por terquedad no te lastimaré de nuevo.

Oh, en recovecos un “nosotros”;

¡En ti, cuánta esperanza!

Aunque escuchando de mi displicente boca:

los grandes  gestos.

Saldrán, saldrán tarde que temprano;

los puntapiés luego.

¿En qué verdades creemos?

En las que surgieron…

Mientras meses apartaban lo que éramos.

Las vidas que fueron purgadas

y que por ahora…

Trecho largo para encontrarlas.

En sus manos

Minientrada

Escrito encontrado escudriñando en el rincón del desorden.  La fecha de la portada: 2008. Materia: Literatura Latinoamericana

EN SUS MANOS 

Una fascinación puede dar como resultado mil pensamientos obsesivos alrededor de un mismo tema, quizás cuestionándolo, aceptándolo, negándolo, pero siempre tratando de alimentar la razón humana. Las posibilidades nos embargan y hacen que siempre estén preguntas como un conocido  ¿tal vez?, un recurrente ¿Si hubiera…? y un reclamante ¿Por qué?, cuestiones que se mueven jugando a través de esos tiempos que nos condicionan: pasado, presente y futuro.

Carlos Fuentes nos presenta en su libro Gringo viejo muestras de pensamientos recurrentes que se meten en la sangre y se convierten en una carga para quien los piensa como es el caso de su protagonista, cuya historia se desarrolla bajo la revolución mexicana. Sin embargo, esta última sirve es como fachada para contar las características más distintivas de un personaje que por sus mismas ideas y aspiraciones se torna enigmático:

“Vine a morirme, soy escritor, quiero ser un cadáver bien parecido, no tolero cortarme cuando me afeito, tengo temor de que un perro rabioso me muerda y luego morir desfigurado, no le tengo miedo a las balas, quiero leer Don Quijote antes de morir, ser gringo en México es mi manera de morir, soy…”[1]

Si bien, el tener tan claro qué se es y qué se quiere, parece ser ajeno a la naturaleza misma del ser humano aunque lo que más intrigante viene siendo esa primera línea, “vine a morirme”, expresada con tan férrea convicción, con tan irreverente fuerza, con total control de aquello que llamamos vida, con un toque un tanto suicida. Tal afirmación es lo que le da dirección al personaje del gringo viejo, la certeza adquirida al llegar a ese lugar donde su propósito se llevará a cabo: morir no de viejo sino desgastado en lucha, quedarse como un recuerdo casi heroico, con sus capítulos honoríficos y no bajo la imagen de un anciano desvalido. Lo normal es temerle a la muerte, lo regular es decir, estaba destinado a ser así, pero combatir ambas sensaciones, es lo que convierte en excepcional a este hombre, su necesidad de ir en busca de la muerte sin abrumarle las circunstancias, ese abandono hacia lo terrenal es lo que lo marca y su lema es a lo que todos huimos de una manera u otra: “mi destino es mío”[2]

Dentro de esta historia, no hay necesidad de un nombre para ese hombre porque la fatalidad es su sello, la seguridad de dar la vida por decisión propia, tentando al mismo destino es lo que va reflejando su rostro. Cada uno de sus encuentros con los lugareños, con aquellos mexicanos en busca de la liberación de su pueblo lo mostraba, uno tras otro, reconocían sus intenciones todos compartiendo las mismas palabras, “ese hombre vino aquí a morirse”[3].

Los detalles que envuelven a ese ser se van mostrando con esos conflictos que se esconden bajo el manto de los años, por el dolor de imágenes que retornan a la vida en forma de recuerdos, mediante voces indelebles, ya sea a aquel padre que recalca tus acciones, una esposa, unos hijos, un trabajo como periodista, una vida que se vuelve ajena cuando se ha renunciado a ella y es poco lo que ya esos vínculos dejan.

Sin embargo, ¿qué tanto se puede controlar los eventos?, la vida es nuestra y nuestro final también, no obstante lo anterior se convierte más en un juego de fortaleza de la mente que de la realidad misma. Es el destino, concepto que ata cuando se deja todo en sus manos, que persigue porque quizás de verdad todo este escrito y que rescata cuando se busca una solución fácil; si no puedo cambiar la corriente, ¿para que intentarlo?, sólo dejemos que la vida fluya y conformémonos.

Mirándolo bien, el mundo de la revolución en el que se ve inmerso este peculiar hombre, nos muestra un paralelo entre ese conformismo, otorgado por la espera, y la lucha constante por la libertad, por unos cambios en la vida diaria, se combate en cierta forma, la muerte en vida que es ser explotados, de ser sin nombres en su propia tierra. Tememos a la muerte pero no a la lucha, evitamos al destino pero no cedemos tan fácil nuestros principios.

Quizás es ese destino fatalista que al final se cumple, porque al comienzo de esta historia se nos presenta es el cadáver y no el hombre, y es esta situación la que sirve como excusa para mostrarnos que esa batalla por buscar lo muerte fue porque la vida se perdió en algún momento en el tiempo, por eso las palabras sinceras de un viejo se vuelven más enseñanza que en regaños a la humanidad.

“Sólo quería decirte que debes comprender la derrota de un hombre que creyó ser dueño de su destino…”[4]



[1] FUENTES, Carlos. Gringo viejo. Ed Tierra firme. México 1985.

[2] Ibíd. Pág. 12

[3] Ibíd. Pág. 13

[4] Ibíd. Pág. 51

La primera parte del ejercicio

La primera vez que perdí un trabajo en la universidad fue por no tener palabras para hacer una reseña sobre “La Metamorfosis” de Franz Kafka. En un momento de desesperación pedí una opinión y alguien me dijo que mencionara el “universo kafkiano” desde bla, bla,bla…Debo decir que fue un momento para desear escuchar una voz interior segura que me dijera – ¡Qué estupidez estás escribiendo!

Ese escrito con pésimos resultados me llevó a  recordar que  durante mi último año escolar, una de mis mejoras amigas me solía llamar Kafka por haber elegido reseñar “El Proceso” y no la opción popular: “La Metamorfosis”. Hasta este día, Kafka sigue siendo un apodo utilizado para sacarme de quicio, dado lo complicada que puedo llegar a ser y los bloqueos mentales que me acompañan cuando debo hacer algo que no quiero hacer.

Todo lo anterior se suma a lista de traumas que tengo con Kafka. Sin embargo,  la principal razón para crear este blog es temer que después de mi muerte, alguien recorra mis archivos (Oh, tecnología te has llevado los borradores en papel) y descubran un montón de pensamientos que debido a ciertas circunstancias  permanecieron en la oscuridad de mmm, ¿Microsoft Word?

Para no tener que pegarme en la frente por lo que otros van a leer sin autorización, he aquí mi ventana para  recopilar mi versión del mundo. Otra alternativa sería tener un editor mental que me diga cuando no me debo creer mi propio cuento, pero ese también toma tiempo; para tener una voz tengo que pasar por muchos estados pretenciosos y poco virtuosos (esta introducción es uno de ellos).